miércoles

Avanzan los días

Desde no hace mucho podemos encontrar en las librerías dos títulos dedicados a niños escritos por autores de renombre, Mi primer MarioVargas Llosa; Fonchito y la luna y Mi primer Arturo Pérez-Reverte; El pequeño hoplita. Estos libros inauguran una colección de Alfaguara donde participarán otros importantes escritores buceando en la literatura infantil. Y es que los libros para niños están perdiendo por fin ese aura de "segunda categoría" dentro del panorama de la literatura española.

Tusquets también ha sabido rescatar sabiamente a clásicos universales. Esta semana hemos conocido Guisantito y yo dos preciosos libros publicados con exquisita dedicación por esta editorial, El ruido que hace alguien cuando no quiere hacer ruido, de John Irving, y el título que nos ocupa hoy, La manta de Jane, del dramaturgo Arthur Miller.

Por estas páginas, escritas en 1963, apenas ha pasado el tiempo. Salvo por ciertos detalles en los roles paternos, el relato de Jane y su mantita es totalmente actual. La historia de esta pequeña niña se centra en su dependencia hacia una manta de bebé color de rosa. Su suave tela aparta los miedos de su mente y concilia su sueño. Sin ella Jane llora y llora sin remedio por lo que su madre habrá de dársela cada día y cada noche. Pero los días pasan y la niña crece. El tamaño de la mantita irá, sorprendentemente para ella, menguando. No sólo la proporción entre su cuerpecito y la manta acrecentarán esta declinación, los múltiples lavados y sus continuos bamboleos harán también de las suyas.

Jane pasará de la cuna a la cama y de los brazos de su madre al colegio. Todo irá cambiando y un día olvidará de acudir a su vieja mantita. Al acordarse de ella días después deberá asumir el acercamiento a la madurez, aceptando ciertas pérdidas pero confortándose en la consecución de pequeños logros.

No puedo dejar de nombrar las preciosas ilustraciones a tinta del dibujante Al Parker. Tiernas y llenas de detalles cuentan como único color la presencia rosa de la mantita de Jane, toque que sin duda envuelve a todo el libro con una atmósfera donde el objeto queda como centro de todo interés.

Quien más quien menos todos hemos tenido de niños ciertas dependencias con objetos o rituales que nos consolaban en las noches de fantasmas o en la íntima soledad de los miedos. Como Jane yo acudía de niña a un muñeco con el cuerpo de trapo y la cara de plástico. Su pelo de lana amarilla y su expresión sonriente me acompañaban al menos la primera parte de las noches (solía acabar siempre el sonriente Pufy a más de dos metros de mi cama). No daré demasiados detalles del viaje en que mi hermano descuajeringó su brazo para siempre con la ventanilla del coche, pero sí diré que a pesar del tiempo ese recuerdo sigue llenándome de rabia (grrrrrrrrrrrr).

Hace mucho que Pufy dejó de acompañarme, pero he de confesar que he pasado cerca de dos meses durmiendo abrazada a un precioso oso panda Ikea. Es fácil llegar a conclusiones teniendo en cuenta que este oso nunca cayó al suelo por más vueltas que diera y que sólo ahora que mi panza (además de enorme) late cada poco, he prescindido de él. Cierto es también que ahora duermo con unos cascos con los que Guisantito escucha durante unas horas (hasta el primer pipí de la noche) a Purcell, Prokofiev, Bach o Mahler, pero creo que mi necesidad de abrazar tiene su contento con el hecho de acariciar dulcemente la gran pelota que rodea ya mi ombligo.

Por cierto, ahí va una noticia que conocimos ayer: ¡Guisantito pesa ya un kilo! Va grande el tío.




Banda sonora: My funny Valentine, por Chet Baker

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